miércoles 4 de noviembre de 2009

OTRO CUENTO INÉDITO: EL TALLER

EL TALLER

( DE LA SERIE "SI NO QUIERES TAZA, TAZA Y MEDIA" O "CUANDO LA CULPA DE QUE ALGO VAYA MAL SIEMPRE ES DE LOS DEMÁS")


Érase una vez un taller que pese a encontrarse al borde de la quiebra había sido alquilado por una pareja de mecánicos, los cuales a base de trabajo, ilusión y tesón consiguieron sacarlo adelante; no en vano y desde el primer momento entendieron que la mala situación económica del mismo era algo coyuntural, pasajero, algo a lo que se había llegado como consecuencia de una mala gestión por parte de sus anteriores responsables. En su opinión aquello sería lo más probable, puesto que el taller, el centro de reparación de vehículos en cuestión, no estaba enclavado en mal sitio. Así pues aquel precario estado de las cosas no arredró a los llamados a ser los nuevos arrendatarios, sino que más bien les espoleó, por lo que decidieron alquilarlo: quedaron con los propietarios del local, formalizaron el contrato de arrendamiento y se pusieron manos a la obra, pues allí había mucho quehacer; sin duda sacar adelante aquel negocio iba a resultar mucho más duro que haber montado otro y haber comenzado desde cero, pues en este caso no se trataba de empezar desde ahí sino desde más abajo todavía, según lo daban a entender los números; pero, sobre el papel, la empresa tampoco parecía tan difícil: el taller en cuestión pertenecía a una franquicia, a una conocida red de establecimientos del ramo, y por tanto, a poco que hicieran bien las cosas, pronto contarían con una clientela fija; además en aquellos primeros momentos todo el mundo parecía apostar por los nuevos tiempos, por reflotar el establecimiento: venían a corroborar esta sensación hechos como el que un día sí y otro también, prácticamente a diario, aparecieran por allí incluso los jefes de la bajera y sus amigos con sus coches y sus motos bajo cualquier tipo de excusas, desde las más lógicas a la hora de ir a un taller hasta otras más nimias: comprobar la calidad del aceite del motor, verificar el correcto funcionamiento del elevalunas, quitar el polvo de la rueda de repuesto... Cualquier tipo de contratiempo, real o supuesto, era bueno para acercarse por allí y gastarse algún dinero. Lo cierto es que fueron pasando los meses y la cosa parecía funcionar: a los que habían arrendado el local no les faltaba trabajo y siempre tenían coches esperando turno para ser reparados; sin duda había sido un acierto alquilar el taller a aquella pareja de mecánicos: conocían su trabajo, lo hacían bien y eran atentos con los clientes... y lo que es más importante en las ocupaciones que se desarrollan de cara al público: con cara amable y de buen grado, aunque a veces la procesión fuera por dentro; esto es, aunque estuviesen molestos o cabreados por lo que fuera, pues en el fondo también eran humanos y un mal día puede tenerlo cualquiera. Sí, no había dudas de que aquello marchaba, de que iba hacia adelante... pero entonces sucedió que algunos de los habituales, de esos que cuando van a un sitio dicen por sistema Yo soy cliente habitual, empezaron a mostrar ciertos recelos ante aquella buena marcha y a pensar malintencionadamente que quizás aquellos mecánicos se estaban enriqueciendo a su costa; así las cosas sucedió que muchos de ellos comenzaron a ir por allí con menor frecuencia que antes y por necesidades más banales, los jefes de la bajera incluidos: solicitar la llave de una oficina que mantenían al lado de la nave, hinchar las ruedas de la bici del niño, pedir una bayeta para limpiar el sillín de la moto... Como si fuesen a un bar y únicamente pidiesen vasos de agua, vamos; ya les basta con lo que consumen los demás... –parecían pensar-; visto lo visto y lejos de asustarse, nuestros aguerridos operarios decidieron echarle mano izquierda al asunto y publicitarse más, intentar expandir la onda expansiva de su labor para captar nuevos clientes, lo que consiguieron sin problemas. Y todo siguió yendo bien, viento en popa... hasta que, como suele suceder, desde donde menos se esperan comenzaron los problemas: la casa en cuyos bajos estaba ubicado el establecimiento, un edificio viejo y deteriorado, comenzó a manifestar claros síntomas de decadencia y ruina y los dos mecánicos, ante la poco menos que indiferencia de los arrendadores frente a aquello, decidieron, con buen criterio, poner punto final a su aventura empresarial; no se iban con mal bagaje: habían conseguido sacar a flote el negocio y ellos habían vivido unos años; no, los propietarios del mismo no se podían quejar, cosa que no hicieron; quedaron con ellos, recuperaron la fianza que habían depositado en un principio y tan amigos, santas pascuas...

Lo malo, lo peor comenzó cuando los propietarios de la bajera, haciendo caso omiso de las condiciones en las que estaba aquella casa, decidieron reabrir de nuevo el negocio… pero con una peculiaridad: a la vista de que en aquel estado éste resultaría imposible de alquilar decidieron poner al frente del mismo a un amigote suyo. Y eso hicieron, llegando a valorar, por inaudito que parezca, más la amistad o la manera de pensar del que resultó elegido que, por ejemplo, su profesionalidad o conocimiento de los trabajos a realizar, como si dieran por supuesto que para desarrollar los mismos serviría cualquiera... Esto es, como si a la hora de contratar a un camarero para regentar un bar se valorara más el factor amistad que su aptitud para el puesto o su actitud en la barra para con la gente... Y así se procedió. No, que nadie se eche las manos a la cabeza. Así las cosas, tras darle una mano de pintura al concesionario se procedió a la reapertura del mismo con su nuevo encargado digital –esto es, elegido a dedo- al frente, una persona llamada E. Novales que siempre parecía estar de mal café y enfadada con todos los clientes excepto con los propietarios y sus amigos: no cabía duda de que el personaje en cuestión era un segundón que se creía omnipotente y poco menos que la reina de Saba por haber accedido a aquel empleo, un engreído que, en su ignorancia de la vida, incluso llegaba a pensar que medraría allí a base de hablar y chismorrear de aquellos que le habían precedido en el puesto. Y esta era su ocupación favorita durante la práctica totalidad del día: chismorrear e intentar desprestigiar ante su camarilla de jefes y conocidos a los mecánicos que le habían antecedido... tal vez en un intento de tratar de disimular sus carencias y su inoperancia para desempeñar aquel empleo; en resumen, que encima que se había encontrado con un negocio reflotado, encima que estaba allí a mesa puesta y que, como quien dice, no se había tenido que trabajar el puesto, aún se tomaba la libertad de criticar abiertamente a sus predecesores: a aquellos que, metafóricamente hablando, cuando quisieron comer no sólo se habían tenido que poner la mesa sino que además habían tenido que comenzar por fabricársela. Por labrarse con sus propias manos la mismísima mesa años atrás. Además, y al mismo tiempo, se metía sin descanso con las personas que acudían al taller pero no de forma habitual, esto es, con aquellos que no eran clientes habituales ni formaban parte del incipiente guetto que allí se estaba empezando a generar, a los que nada más ver entrar por la puerta les repetía una y otra vez lo bien que iba el negocio y cómo aquel, hasta entonces, nunca había ido tan bien... vamos, como diciéndoles poco menos que a ver a qué iban allí, que no hacía falta que fuesen... cuando la realidad a ojos vista era justamente la contraria; así era su comportamiento, como el de un ser semipatibulario que tratara de buscar continuamente las cosquillas a la gente, de buscar pelea con todo el mundo; en sus delirios de grandeza… llegando a llamar la atención a casi todos los clientes sin motivo alguno la mayoría de las veces: que si que no aparques el coche en ese lado... cuando si el interpelado lo hubiese aparcado al otro le hubiese dicho lo mismo, que si la chaqueta no estaba bien en aquella mesa donde la había dejado aquel tras quitársela y salir del vehículo... que si a ver si hacía el favor de descolgarla del extintor, no fuera que estuviese sucia y fuese a mancharlo... vamos, como si una persona iría a un bar pensando que va a un centro de entretenimiento y de repente se encuentra con que el mismo parece un centro de entrenamiento... o de adoctrinamiento. Un cuartel: así comenzó a sentirse mucha gente cuando iba con sus coches a aquel taller, y como no podía ser de otra forma, pese a la fanfarronería de E. Novales, el local comenzó a ir de mal en peor, pues la gente normal prácticamente no iba y su camarilla apenas hacía gasto, y en caso de hacerlo, si acaso... de bayeta; Es que no sé porqué no viene la gente, - se quejaba el presunto mecánico; si los precios de los arreglos no son caros, si somos los más guays, si tanto el servicio al cliente como la atención son correctos... pensaban en su ceguera los dueños del taller; así las cosas, ante la evidencia de que algo iba mal, decidieron convocar una serie de cónclaves para cambiar impresiones acerca de aquella caída en picado de la facturación, asambleas a las que en un nuevo alarde de ombliguismo sólo se convocaron a sí mismos y a sus amigos y en las que se pudieron escuchar los despropósitos más variados: que si mucha gente no iba o había dejado de ir allí porque había mucho ruido (pues ¿qué querían que habría en un taller?), que si había humo (más de lo mismo), que si el problema del ruido ya venía de lejos, dado que los anteriores mecánicos ponían la radio muy alta...

Total que entre todos la mataron y ella sola se murió; y es que al igual que sucede con frecuencia en el mundo de la hostelería a la hora de plantearse el abrir un restaurante... para llevar un taller no sirve cualquiera: en primer lugar hay que tener en cuenta que se trata de un lugar público al que, tal vez por ello, puede acceder cualquier cliente, sea conocido o no, y a continuación que para desempeñar un trabajo, y más si éste es de cara a los demás, se necesitan ciertos requisitos más allá de ser amigo del jefe: hay que conocer el oficio, tener algo paciencia y de humildad, cierta capacidad de abnegación y sufrimiento, cuarto o mitad de don de gentes...

(Para colmo, después de que el taller de nuestro cuento fue cerrado, E. Novales fue recolocado en otro del mismo ramo... y de mayor envergadura todavía. Ver para creer. Conclusión: dentro de lo malo, menos mal que en vez de un taller no la dejaron al mando de una empresa química, una planta radiactiva... o un bar, algo bastante más delicado y difícil de llevar)

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